martes, 10 de noviembre de 2009
CRÓNICA DE UN ENCUENTRO
Compartimos aquí una crónica a varias manos y voces, diferentes apreciaciones y miradas múltiples integradas en un mismo relato, de la reunión mensual del 4 de noviembre de 2009 del Programa de Infancia de la Fundación de la Familia:
Con respecto a la jornada me quedé pensando en que las técnicas lúdicas son un vehículo efectivo para impulsar procesos reflexivos de los participantes, la experiencia de compartir vivencias nos ayuda a construir conocimiento con respecto al hacer práctico. Me quedé con la inquietud de innovar en nuestras prácticas de intervención, de adquirir conocimientos en esta línea de trabajo con grupos, impulsar el aprender jugando y participando.
La Matriuska me encantó; queda en clara evidencia el cómo podemos intervenir y construir realidades a partir de un mismo texto, esta capacidad humana de re-construir contextos tiene que ver con una mirada esperanzadora de nuestro quehacer.
Lo colectivo como espacio para la reflexión crítica permite que miremos nuestros trabajos diagnósticos, que analicemos las implicancias que tienen estos procesos en lo comunitario, permite también cuestionamientos en torno a qué aportamos y/o qué trampas encontramos para que se instalen y operen en las comunidades las capacidades, recursos, habilidades, necesidades y posibilidades de transformación.
En la línea de mejorar las prácticas para permitir mayores niveles de efectividad de lo anterior. Nos planteamos una serie de preguntas y desafíos, entre ellos la urgencia de ver más allá de lo obvio, flexibilizar la metodología sin remitirla a la mera aplicación de instrumentos, la necesidad de volver a poner en lo comunitario, lo que la comunidad misma esta evidenciando, para que sean ellos precisamente quienes deban ahí resolver y transformar. Esto último esperando que la llamada capacidad de “reflexión crítica” no se quede sólo en los espacios profesionales y sepamos leerla y potenciarla dentro de nuestras comunidades.
Una reflexión crítica implica una práctica crítica, y desde estas confluencias construir una praxis crítica. No es menor la tarea, sobre todo cuando existe toda una contemporaneidad que está diseñada para naturalizar las cosas, los espacios, las ideas, los imaginarios colectivos; diseño que viene en un lindo formado listo para ser tragado, sin ni siquiera masticar. Una práctica crítica implica una reflexión crítica, y desde estas confluencias construir una praxis crítica.
Desde la construcción de esculturas construidas con materiales de desecho, síntesis cartográficas que visibilizan los nudos encontrados en el desarrollo del Diagnóstico Participativo de Infancia (DPI)… desde el uso de las "Matriuskas" como recurso técnico para una máquina de multiplicación… en esta reunión-jornada del Programa de Infancia, dimos un paso en esta construcción de una praxis crítica.
La realidad es una película en 3D, a la que hace mucho rato venimos tratando como si tuviera sólo 2 dimensiones: causas y efectos. El análisis crítico que pudimos hacer grupalmente de la “la plaza de los volados” (contenido recurrente en los DPI) es posible cuando nos permitimos poner en paréntesis nuestras preconcepciones de las cosas y estar en el juego creativo. El gesto técnico sería estar dispuesto, estar abierto, querer ver más allá de lo conocido, tolerar la incertidumbre de la no respuesta, atrevernos a suspender nuestras respuestas ya inscritas en nuestro disco duro. Cuando esa plaza, una nebulosa con algunas explicaciones parciales, con cierto tono oscuro, homogéneo, evitable; se va transformando en un espacio múltiple, habitado por toda la comunidad (en distintos sentidos y no sólo físicamente), ese espacio se vuelve real, recupera su vida, movimiento, se despliegan todas las dimensiones ocultas por la venda del pre-juicio, de la respuesta dada. El análisis crítico fue transformando esa nebulosa, a lo largo del taller del miércoles pasado, en una nebulosa reflexiva, con múltiples dimensiones.
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